La alimentación de tu bebé suele ser un quebradero de cabeza desde su nacimiento. Comienza con la lactancia – ¿natural o con fórmula? – y continúa con la introducción de la alimentación complementaria. A esto hay que añadir que en ocasiones el bebé puede rechazar el pecho o el biberón, y cuando introducimos otro tipo de alimentos, la hora de comer se puede llegar a convertir en una pesadilla. Según mi experiencia, las primeras semanas son un poco agobiantes, pero con un poco de paciencia y confianza en tu bebé y en uno mismo, se puede superar el “trago”.

Todos sabemos que la OMS recomienda la lactancia materna exclusiva hasta los seis meses, y ya hemos oído mil veces los innumerables beneficios de ésta para el bebé y para la madre. Sí, la leche materna es el mejor alimento para el bebé, pero en ocasiones, por decisión de la madre o por numerosos motivos, la lactancia natural no es posible y por eso existe la leche de fórmula, que está inventada para satisfacer las necesidades alimentarias de un bebé. En mi caso elegí dar el pecho a Adriana, y aunque me ha resultado muy cansado sobre todo durante los cinco primeros meses, ahora me doy cuenta de lo fácil que es llevar la comida puesta y no tener que prepararla cinco veces al día. Si todo sigue igual pretendo seguir dándole el pecho hasta el año.

A los seis meses empecé a introducir otros alimentos, después de consultar a mi pediatra, además de varios libros, blogs y páginas de pediatría. También había oído hablar de esa práctica llamada baby led weaning (BLW), que se traduce como alimentación complementaria a demanda o dirigida por el bebé, y se trata de que tu hijo tome una parte activa en su alimentación. Para esto se le ofrece la comida sin triturar para que él mismo pueda gestionarla y aprenda a masticar sin atragantarse. Lo que me interesa del BLW es sobre todo la posibilidad de que el niño se acostumbre a comer de manera autónoma y sin recetas especiales para él.

Hace falta paciencia y confianza

Para empezar probé las dos posibilidades: la tradicional alimentación a base de purés y alguna técnica parecida al baby led weaning como experimento. El principio es duro, ya que un niño que solamente se ha alimentado de leche durante sus seis primeros meses de vida se extraña ante nuevas texturas y nuevos sabores. Al principio rechazó todo lo que le dábamos, pero pronto empezó a comer los purés sin demasiada dificultad, así como los trozos hervidos de patata y zanahoria que le dábamos ocasionalmente.

Creo que la paciencia y la confianza en que el bebé se quiere alimentar y en que lo va a hacer tarde o temprano son fundamentales para hacer que la hora de la comida no se convierta en una lucha sin cuartel. No es que los niños coman mal, es que no saben comer y lo hacen a su ritmo, tanto con los purés como con los trozos.

Hasta que aprendan a comer pasaremos por etapas diferentes, algunas un poco angustiosas, porque esto es un proceso diferente en cada niño, y a veces uno se siente un poco desamparado. Yo también he tardado en acostumbrarme, pero hoy, con diez meses, a Adriana le encanta comer y es capaz de tragarse un trozo de carne o de jamón sin problemas y con una sonrisa en la cara. Seguimos luchando para que coma a un ritmo normal (sobre todo los purés), pero en general creo que es una niña que come de todo y con sus manitas. Lo de llenar el suelo de comida es un tema que intentaremos solucionar más adelante.